Me gustan los sombreros porque son como elementos de un disfraz. Te permiten expresar un estado de ánimo y sugerir un personaje, proponer un juego al que te mira. Me parecen tan hermosos que saldría a la calle vestida solo con uno de ellos, y unos tacones a juego.
Elegiría cuidadosamente el modelo: gorra para el día en que me sienta más gamberra y quiera que me lleves a un rincón oscuro donde me arranques las risas a mordiscos. Pamela cuando me despierte con ganas de conquistar a un romántico que me haga flotar y bailar desnuda sobre los tejados. Los de plumas los reservaría para una ocasión especial, una de esas en que salgo decidida a comerme el mundo y a los hombres que lo habitan, del primero al último, resonando mis tacones contra el pavimento como primer aviso. Y en capítulo aparte está el de ruda vaquera, mi fetiche. Ese, ese solo se lo paseo a mi montura preferida...






