jueves, 8 de marzo de 2012

Mis pechos te miran

Un par de pechos, los míos, te dirigen la mirada. Fresca e incitadora. Se giran a tu paso. Te buscan cuando aparentas indiferencia, cuando finges no darte cuenta.

Una mirada limpia, que no quiere complicaciones. Sin guiños tontos ni caídas de pestaña. De igual a igual, de tú a tú. Contacto directo: mi pupila a tu pupila. Ahí empieza el sexo.


lunes, 5 de marzo de 2012

Puro veneno

Bajo esa apariencia de mujer dulce y sensata, ella guarda un veneno mortífero, una droga tan pura, que vicia sin remedio.

Se te cuela dentro poquito a poco, sigilosa, ladina, y cuando quieres darte cuenta, te ha atrapado, eres suyo, ya no puedes dormir sin soñarla, ya no puedes tomar aire sin respirarla.

Y es que como su droga no hay otra. Te provoca viajes siderales, experiencias multicolores, que van de la pasión enajenante a la sublime dulzura. Te hace sentir guerrero en el ardor de la batalla, caballero en la corte del rey Arturo, villano imaginario, todo al mismo tiempo. Y cuando estás cansado de tanta aventura, te acoge entre sus pechos para volverte niño.

Ya no puedes dejar de pensar en ella, a todas horas. Te ha robado tus días, tus noches, tus ratos muertos. Te ha sorbido la vida. Pero es tanto el placer que te da a cambio que no te importa... tu propia alma le entregarías...

Y mira que ella lo advierte a todo hombre que se le arrima: soy droga pura, veneno. Escapa si aún estás a tiempo.

domingo, 4 de marzo de 2012

Dos pendientes para un zapato

Caminaba con mi marido de la mano, los dedos fuertemente entrelazados. Llegamos al céntrico piso del violinista a la hora acordada. Yo llevaba en el bolso una botella de Rioja que ayudase a templar los nervios si los hubiera, o que caldease un poco el ambiente, de no haberlos. Antes de llamar a la puerta mi marido me preguntó: cómo estás?, nerviosa? Aquella pregunta trajo a mi mente cómo había empezado todo: el día en que le confesé cuál era mi deseo; aquel momento de angustia, frente a mi ordenador, después de haber enviado el mail en que le hacía la propuesta al violinista; las muchas horas robadas al sueño, hablando entre susurros sobre porqué, cómo, qué significaba para nosotros todo aquello... Tanta complicidad, tanta ilusión, tanto descubrirnos de nuevo, tanto conocernos-reconocernos... Y en aquel instante, bajo el quicio de aquella puerta, le amé más que nunca, y respondí a su pregunta: no, no estoy nerviosa. Estoy excitada, pero asombrosamente tranquila, y segura de querer esto. Y tú, cómo estás? Respondió: todo bien. Adelante con ello.

Un solo timbrazo. No fue necesario un segundo. El violinista acudió enseguida a abrir. Hubo efusivos saludos, nos abrazamos allí mismo, en el pasillo. Él era el más nervioso de los tres, se notaba a las leguas, aunque lo negase. Por romper el hielo de entrada, le miré a los ojos y comenté divertida: qué locura, no? Saqué la botella del bolso. Tienes descorchador? Claro! Entrad!, dijo riendo. Tengo muchos descorchadores! Y pasamos a la cocina. Al entrar en ella miré la mesa en la que tantos buenos ratos de charla habíamos compartido los tres, y un escalofrío recorrió mi espalda. Pensé: ojalá esto no acabe con todo... En seguida apareció él con su descorchador último modelo y me sacó de mi ensimismamiento.

La verdad, no sé bien cómo iban ellos vestidos. Sí recuerdo con precisión la ropa que llevaba yo puesta, no en vano había pasado media tarde dándole vueltas al modelito. Lencería negra, muy sencilla y ajustada al cuerpo. La ropa también negra: una falda de seda plisada y corta, una sencilla camisa entallada, que vestí suelta, sobre la falda, ciñendo mi talle con un fino cinturón. El escote abierto hasta donde asoma el pecho, lo justo: suficiente para insinuar sin enseñar. Pantys de fina lycra y unos peep-toes de charol negro. Cazadora de cuero crema.

El violinista pareció no fijarse en mi atuendo cuando llegamos, pero supongo que sí lo hizo, porque tiempo después me confesó que todavía recordaba lo que yo vestía el día que nos habíamos conocido.

Es curioso cómo se almacenan los recuerdos... De aquella intensa noche hay partes que están muy borrosas, de las que sólo consigo recuperar imprecisas sensaciones. No sé muy bien cómo fue que llegamos de la cocina al suelo del salón, ni quién me desnudó, cómo lo hizo, si lo hice yo... Sin embargo, otras creo que permanecerán por siempre grabadas a fuego en mi memoria: el momento en que mi marido me empujó dulcemente en brazos del violinista, dándonos así el valor que sabía iba a faltarnos; el Dios mío! que musitó en mi oído cuando me tuvo entre sus brazos, con su pecho pegado al mío; el sabor de su piel cuando le besé en el cuello. La mirada confiada y curiosa de mi marido al contemplarnos; la dulzura con la que de vez en cuando él confirmaba que todo iba bien; la complicidad entre ellos dos. Mis manos, sus manos, sobre el espejo del armario; mis rodillas en la madera del suelo. Mi boca en sus pollas, sus bocas en mi coño; los dedos del músico arrancando de mis adentros las notas más hermosas...

Uno de mis pendientes cayó al hacer un movimiento. El violinista se agachó a recogerlo. Me quité el otro para no perderlos y él tomó ambos y, amorosamente, los metió en uno de mis zapatos. "Dos pendientes para un zapato", dijo. Los tres nos miramos y, cómplices, reímos.

sábado, 3 de marzo de 2012

Te sueño por primera vez

Cómo es posible echar tanto de menos a quien no se conoce siquiera? Cómo es posible que ya te cueles en mis sueños con tu cara recién puesta?

Me desperté esta mañana algo agitada y sudorosa. Desconcertada, un poco pálida, pero casi satisfecha. Acababa de verte antes de abrir los ojos. Tan nítido y tan de cerca, que parece imposible que esas imágenes no tengan más sustento que cuatro fotos: tus dos perfiles, tu mirada a cámara y ESA NUCA que es razón de toda mi desazón desde que le eché la vista encima. Esa nuca no muy despejada, asimétrica, que carga a izquierdas, pues el nacimiento del pelo, un poco rebelde (como intuyo a su dueño) no quiere de ningún modo renunciar a ser como le peta.

Esa nuca me obsesiona, me desconcentra, me crispa y me subyuga. Cuando la miro o la imagino produce cosquilleo en mis entretelas. Esa nuca pide a gritos que la muerda, que la babe, que la bese, que la recorra toda con mi lengua. Que aparte el cuello de la camisa para seguir descubriendo más piel, esa que le está vedada a mi vista porque la cámara no la revela.

En mi sueño de anoche, no obstante, te me aparecías de frente. Caminando lento hacia mí. Y tu rostro se me agrandaba a medida que te acercabas, portando esa sonrisa que en la foto llevas puesta, esa mirada algo pícara y cómplice que me descompone y me sobrecoge, que me eriza los pezones.

Supongo que mi mente cruzó dos datos: tu imagen y tu comentario sobre el placer que te producen los instantes previos al primer beso, al primer contacto. Y lo supongo porque era precisamente eso lo que mi sueño recreaba con fidelidad imposible: un tú acercándose a mí lentamente, con la clara intención de devorarme viva; un yo palpitando sólo de verte venir, descomponiéndome con el simple contacto del aire que desplazabas a mi alrededor.

Y mientras te aproximabas podía notar cómo mis carnes se abrían en canal, cómo mi epidermis se erizaba toda ella, desde la punta de mis dedos hasta la cima de mi cabeza. Todo mi ser activado con cada paso tuyo... No sucedió nada. No hubo roce, no hubo beso, no hubo siquiera caricia. Sólo humedad y fuego. Fuego abrasador que me consumía...

viernes, 2 de marzo de 2012

La cucharilla de café

Regresé con la cucharilla que habías pedido. Algo nerviosa, tensa, y desde luego desconcertada. Te pregunté: pero qué demonios se te ha ocurrido hacer con esto? no pensarás...? No me dejaste ni acabar la frase. Dijiste en tono firme y seco: termina de desnudarte de cintura para abajo y métela en el coño. Yo, con los ojos como platos te interpelé: pero...eres idiota!, no ves que puedo hacerme daño? Con tono algo más dulce y buscando mis ojos me dijiste: confía en mi. Hazme caso. Como un borreguito guiado por tus palabras, temblando, me descalcé y me saqué la falda. Tú seguías atentamente la maniobra desde el sofá, con tu libro aún en las manos. Percibías a esa corta distancia mi temblor, mi ansiedad. Acercaste tu mano a mi antebrazo y me hiciste una caricia suave y prolongada. El vello de mi nuca se erizó a ese simple contacto. Te miré a los ojos, suplicante, con la cucharilla en la mano, pidiendo clemencia... Me hiciste una indicación con la cabeza para que continuase. Me puse en cuclillas para colocármela. La noté fría y dura, sus bordes no eran ásperos, y sin embargo producían un desagradable roce en mi mucosa. Pero en cuanto estuvo dentro, mi coño empezó inmediatamente a segregar jugos, y subió de temperatura de tal forma que el frío metal dejó de serlo. Me pediste entonces que me sentase. Ahora?... Me siento?... Sí. Quiero que te sientes y continuemos leyendo. Pero se me clavará... Me hará daño. No va a pasar nada. Siéntate y lee. Hazme caso.

Permanecimos así ya no recuerdo cuánto tiempo, sentados uno junto al otro, en silencio. Yo trataba de concentrarme en la lectura, pero me era imposible, y no porque la cuchara me molestase: mi cavidad ya la había incorporado, formaba parte de mi cuerpo. No podía concentrarme porque aquella agónica espera acrecentaba mi excitación. Tener aquel cuerpo extraño señalando el punto de de mi carne que era objeto de tu deseo, me concentraba en él, dirigía allí todos mis sentidos. Nunca antes había conocido tan bien mi coño por dentro, desde dentro. Podía notar cada micro contracción, cada músculo tensándose por separado, cada glándula segregando jugo... No era yo quien te deseaba de tal manera. Era él, aquella sola parte de mi cuerpo. Él mandaba y gobernaba el momento. Por encima de mí, aún en contra de mi cerebro, el cual sentía cierta repulsión, incomodidad, rechazo por aquel sometimiento. Pero era así. No podía negármelo. En contra de mi voluntad, mi coño ardía por ti. Más que nunca TE DESEABA.

jueves, 1 de marzo de 2012

Aquella tarde

Aquella tarde en piso prestado. Salón con vistas a los tejados viejos. La escasa luz atravesaba las vidrieras de colores de aquella galería. Tu rostro, el mío, estaban hermosos así: caleidoscópicos.

Todo el tiempo por delante, nada urgente para hacer. Decidimos leer un rato. Cada uno escogió un libro de la nutrida biblioteca ajena. Nos sentamos frente al ventanal, uno al lado del otro, y nos enfrascamos en la lectura. Sin música, sin tele, sólo tú, yo, y el apagado murmullo de la calle. Aparentemente ajenos, pero no. Tu respiración, mi respiración, eran un flujo de aire continuo que nos mantenía conectados. Ausentes, pero presentes. El relativo silencio me dejaba oír tu latido, y a ti el mío.

No tardaste mucho en acercar tu mano a mi muslo, de forma distraída, como buscando un apoyo para una de las frases que leías. Y esa mano en mi muslo conectó mi libro con el tuyo. De pronto los dos leíamos el mismo. Sin mirarme tan siquiera, ni yo a ti, levantaste mi falda plisada y te colaste en mis medias. Urgaste entre mis bragas y encontraste aquello que buscabas. Al contacto con tus dedos me humedecí al instante. Quizás en nuestro libro común leí "agua", y agua hubo en mis bragas. Después, seguramente tú leíste "fuego", porque acerqué mi mano a tu polla y noté que ardía.

Al desgaire me dijiste: quítate las bragas. Y lo hice. Entonces en tono imperativo hiciste una petición extraña: trae una cucharilla de café. Yo, pasmada, pero hipnotizada por tu voz, dejé mi libro y fui a buscarla.